DÍA 6: TOKIO – PARQUE DE UENO, ASAKUSA – KIOTO

12 de Abril de 2017

Después de cinco días en Tokio, cuando me levanté y vi el cielo despejado, ¡no podía ni creérmelo! El día anterior en Nikko lo había pasado fatal, así que hoy esto supuso un respiro para mí. Es increíble cómo cambia la percepción de un lugar cuando las condiciones climáticas son favorables.

Nos levantamos y pusimos rumbo al Parque de Ueno. Antes, Miguel se compró unas galletas para desayunar que estaban de escándalo. Aprovecho para contaros una curiosidad de allí, y es que todos los productos envasados llevan unas pequeñas bolsitas en su interior (a mí me recordaban a las bolsas anti humedad que se ponen en algunos productos). La primera vez que Miguel lo vio en un dorayaki, pensó que era azúcar para espolvorearlo por encima… ¡Menos mal que le dije que no; sino, me envenena! XD Fue uno de los muchos momentos en los que, como él decía: “Me siento como una mezcla de Alfredo Landa y Paco Martínez Soria, un cateto de pueblo que no sabe comportarse en la ciudad…” 😛 Y es que había tantas cosas novedosas que era fácil sentirse torpe.

Cuando organicé el viaje, simplemente lo hice para que cayera en Semana Santa, que era cuando teníamos vacaciones. Tenía asumido lo difícil que era coincidir con la floración de los cerezos, ya que cada año varía en función de la climatología y dura sólo una semana. Usualmente se produce a finales de marzo, por lo que no esperaba ver ni un triste pétalo.

Cuál fue mi sorpresa al descubrir durante el viaje que sí veríamos los cerezos en flor; pero sin duda, el parque de Ueno era espectacular.

Hay pocas cosas japonesas más típicas que pasear mientras caen los pétalos de los cerezos. Todos los hemos visto en manga, anime, películas y videojuegos. El vivir esa experiencia fue increíble.

En el parque de Ueno encontramos varios templos: el primero, el Kiyomizu Kannon-do. Como todos los templos, no se puede fotografiar por dentro; aún así era bastante sobrio. Japón me estaba gustando mucho, pero no había color en comparación con los templos de Tailandia.

Continuamos hacia el siguiente templo. Estaban montando puestos de comida con muy buena pinta.. pero aún eran las 11:30 de la mañana, y era duro comer algo que no fuera un desayuno a esa hora. Aunque tentados estuvimos…

El siguiente templo era Benten-do.

Continuamos el paseo, disfrutando como una niña de los cerezos, hasta el siguiente destino, el Ueno Tosho-gu y la Pagoda de las cinco historias Kan’ei-ji. Aquí vimos por primera vez esos típicos farolillos japoneses de piedra.

Dimos un último paseo para terminar de disfrutar de los cerezos, y nos pusimos rumbo a Asakusa.

Si hay algo que llama mucho la atención, y lo hizo durante todo el viaje, es lo increíblemente profesionales que son los japoneses en su trabajo. Hay personal para todos los tipos de puestos que imaginéis, pero por “tonto” que parezca su puesto, se lo toman muy en serio y lo desarrollan con todo el empeño posible. Así, veías al personal del metro con su uniforme, indicando y dando instrucciones a la gente, con movimientos casi robóticos (de lo mecánicos y medidos que eran).

Por otro lado, la limpieza de Japón es extrema. Si el día 3 del viaje, en el barrio de Ginza, nos llamó la atención que limpiaran los semáforos, no nos sorprendió menos que tuvieran una máquina para limpiar los escalones. Trabajaban con ahínco y ganas; en España no hay empleado más desganado que un operario de limpieza…

En el parque de Ueno había bastante gente (por el tema de la Sakura), pero lo que vimos en Asakusa no tenía nombre: nada más llegar a la calle que lleva al templo, el número de personas se disparó.

Esta calle está llena de tiendas de souvenirs y es el mejor lugar para comprarlos. Los precios son de los mejores (teniendo en cuenta lo caros que son los souvenirs en Japón) y hay muchísima variedad donde elegir. Eso sí, tomadlo con calma porque hay muchísima gente.

Nos ocurrió una anécdota en esta calle de souvenirs. Teníamos en la cabeza (porque así nos lo dijo todo el mundo) que los japoneses no son muy dados al contacto físico y suelen evitarlo siempre que pueden. Cuando Miguel vio una camiseta para él y eligió la talla M (que es la que usa en España), se la puso por encima y me la enseñó para ver qué me parecía. La amable señora dueña de la tienda, le miró con gesto de desaprobación, ¡LE DIO DOS PALMADITAS EN LA BARRIGA!, y sonriendo le dijo (en inglés): “No, para ti mejor la talla L (grande); confía en mí”. Nos quedamos completamente sorprendidos por la escena y yo no pude más que reírme. Luego añadió: “¡Es que tú eres muy alto!”, pero el daño ya estaba hecho… ¡Ojo con la señora! XD Miguel le hizo caso y se llevó la talla L, que resultó ser la adecuada, pero el desparpajo de la vendedora nos dejó alucinados…

Cuando pasamos la calle de souvenirs se muestra ante nosotros, imponente, el templo de Senso-ji.

Uno de los rituales más famosos de este templo es comprobar tu suerte. Haces un donativo y coges un envase metálico que contiene palitos con numeraciones en su interior; lo agitas hasta que sale uno por un pequeño orificio, y buscas el cajón correspondiente al número que te ha tocado en el palito; de ahí sacas un papel que determina qué suerte tendrás. Si es buena, te llevas el papel contigo, y si es mala, tienes que atarlo a unas barras que tienes al lado y dejarlo allí. Yo por fortuna saqué un papelito de suerte. ¡A ver si es cierto y el 2017 va bien! 🙂

En este templo vimos muchísimos estudiantes, y como comenté en Nikko, a los chicos les queda muy bien su uniforme, pero a las chicas parece quedarles enorme, muy lejos de la imagen adorable que tenía de las estudiantes en el anime Lucky Star. Además, me resultó curioso que puedan llevar uniforme con zapatillas deportivas.

Dimos una vuelta por el recinto disfrutando de las tonalidades rojas de Senso-ji y descubrí, con abatimiento, que otro monumento más de los que quería ver estaba en obras: la Pagoda.

En todo el templo y alrededores encontramos muchísimas mujeres con kimono. Al principio pensé (al ser todas asiáticas) que eran japonesas vestidas así para ir al templo; pero ante tal número, ya sospechamos. En las calles aledañas había tiendas donde alquilar kimonos. Eran muy bonitos y completos (con sus calcetines y sandalias a juego, algunos incluso con prendidos en el pelo y maquillaje incluido), pero el precio más barato no bajaba de 4.500 Yenes (36.70 €).

Desde el templo de Asakusa vimos a lo lejos la Torre Skytree. Es una torre de radiodifusión, restaurante y mirador, construida en Sumida, Tokio. Es la estructura artificial más alta de Japón desde 2010.

Volvimos a bajar la calle, fijándonos en las muchas frikadas japonesas. Entre ellas, kimonos para perros y gatos, y llaveros de Koro Sensei, el protagonista de una de mis series de anime favoritas (Assassination Classroom) y en la que más lloré con su final.

Mientras paseábamos, nos dieron a probar lo que yo llamo “gusanitos japoneses”. Estaban súper sabrosos y Miguel no se resistió a comprar un paquete.

Pusimos rumbo al sitio donde quería comer. Mi objetivo era probar uno de los platos típicos de Japón, el Okonomiyaki, ¡y qué mejor que preparándolo nosotros mismos! Fuimos a un sitio llamado Asakusamonja Okonomiyaki Matsuribayashi.

Allí nos sentamos y pedimos nuestro Okonomiyaki. Te lo preparas tú mismo con las instrucciones que te facilitan: te dan un bol con los ingredientes (según el tipo de Okonomiyaki que elijas), los mezclas, los echas en la plancha y le das forma, esperas 7 minutos, le das la vuelta, esperas otros 7 minutos, le pones la salsa barbacoa, la mayonesa, las especias y el bonito en escamas. El resultado: ¡BUENÍSIMO!

Pedimos uno con cerdo y otro con pollo, ambos riquísimos. Los únicos inconvenientes del lugar eran que había que pedir obligatoriamente una bebida por comensal (ya os comentamos que el agua la suelen poner gratis), y que se permitía fumar dentro.

Nos costó 2.310 Yenes (18.90 €) el almuerzo y las bebidas. Aún así, fue una experiencia que nos encantó.

Volvimos a Asakusa en busca del postre. No encontraba nada que me convenciera y Miguel dijo de comprar dos cosas que parecían galletas… Resultó ser la masa de los “gusanitos japoneses” con azúcar y merengue por encima… 😦 Decepcionada, me crucé con un estudiante japonés comiéndose lo que parecía un bollo de nata. ¡Yo quería uno! Vi un cartel que ponía “Whip Melon Pan” y corrí a buscarlo. Había que entrar por un callejón hasta la calle paralela a la de los souvenirs. ¡Estaba INCREÍBLE! En el resto del viaje lo seguimos viendo, pero sin nata, y ya no era igual…

La mar de satisfecha con mi almuerzo y mi postre, pusimos rumbo a Ueno. De camino al metro, vimos la famosa Llama Dorada del edificio Asahi Beer Hall, que representa tanto el “ardiente corazón de la cerveza Asahi” como la espuma de una vaso de cerveza.

Pasamos por el hotel para recoger las maletas y pusimos rumbo a Ueno para coger el tren de Japan Rail que nos llevaría a Tokyo Station, y de allí a Kioto. Tuvimos un pequeño incidente, y es que aunque el tren salió puntual desde Ueno, se paró unos minutos antes de llegar a Tokyo Station para dejar pasar a otro tren; esto nos produjo un pequeño retraso. En principio podía no tener importancia, pero el siguiente tren salía sólo 7 minutos después de la hora a la que llegábamos nosotros a Tokyo Station (y los japoneses, insisto, son extremadamente puntuales). Ese tiempo de retraso hizo que tuviéramos que correr por toda la estación tirando de las maletas para no perder el otro tren. Terminamos montándonos en un vagón que no era el nuestro, y andando ya por dentro, llegamos a nuestro vagón correspondiente. Menos mal que lo hicimos así, porque a medio camino hasta nuestros asientos, el tren partió de la estación y se puso en marcha. Tanta puntualidad japonesa en la salida de los trenes puede ser un inconveniente cuando, por diversos motivos, uno de ellos se retrasa…

El viaje a Kioto fue muy cómodo. Al salir de Tokio comenzó a nublarse de nuevo, así que no pudimos ver el Monte Fuji (dicen que desde el tren de alta velocidad Shinkansen puede verse el Monte Fuji si el día está despejado).

Cuando llegamos a Kioto nos encontramos con una estación muchísimo más llena de gente que cualquiera de las que vimos en Tokio. La estación era inmensa y sólo se veía gente por todas partes.

Al salir, una bofetada de frío invernal nos dio en la cara (con lo mal que llevo el frío).
Pusimos rumbo a la Guesthouse Schmied Nishinotoin. Al llegar, había que meter en las taquillas un código (el cual te mandaban previamente por correo electrónico cuando hacías el pago de la reserva), y de ahí se cogía la llave de la habitación.

En todo el tiempo que estuvimos allí no vimos ni una sola vez a los dueños o encargados de la Recepción, ya que el horario de oficina era de 9:00 a 17:00 y nosotros siempre salíamos más temprano y regresábamos más tarde de esas horas.

La habitación era amplia y tenía una pequeña cocina, aunque sin nada de menaje de hogar, el cual se podía alquilar por 500 Yenes (4.10 €), una nevera y un ordenador (que no llegamos a usar). El cuarto de baño era de estilo japonés, aunque no pusieron el típico taburete en el que te sientas para lavarte… Así que al final te metías igualmente en la bañera como se hace en occidente. Tampoco pusieron jabón (creemos que se les olvidó), y como no veíamos a los dueños nunca, tuvimos que usar el nuestro. Teóricamente, si dejabas las toallas en el pasillo te las cambiaban todos los días, pero teniendo en cuenta que olvidaron el jabón y que no coincidíamos en horario, no nos quisimos arriesgar a quedarnos también sin toallas. A Miguel no le gustó nada esta Guesthouse, aunque la habitación era amplia y limpia.

Una vez soltadas las maletas volvimos a la estación. Allí vimos la Torre de Kioto iluminada. Leí criticas bastante malas de este lugar, así que no subimos.

A las 19:00 había un espectáculo de agua, luces y música en el edificio Aqua Fantasy (está en la salida oeste de la estación, enfrente de la Torre de Kioto). Dura unos 15 minutos, que se hicieron incluso largos porque hacía un frío helador…

Os dejo un vídeo de la canción que más me gustó.

Con tanto frío, lo único que me apetecía era comer algo rápido y meterme en la cama. Dimos una vuelta por la zona, pero casi todos los sitios que veíamos eran caros o sólo de carne. Entramos en uno que se encontraba en una 5ª planta, pero al llegar había una lista de espera de una hora y además había una nube de humo de tabaco en la sala, por lo que descartamos ese lugar.

Terminamos comiendo en un restaurante de comida rápida japonesa: Sukiya.

Como me pasó en Nikko, me apetecía un plato de arroz, pero necesitaba además algo caliente con lo que entrar en calor. Al final pedimos “Gyudon with 3 cheeses” y “Ginger Pork Bowl”, ambos acompañados de verdura y una pequeña sopa de miso calentita. Pedimos el tamaño pequeño ¡y nos pareció súper grande! Todo esto nos costó 1.210 Yenes (9.90 €).

Salimos del restaurante y corrimos al hotel a resguardarnos un poco del frío.

Este último día en Tokio lo disfruté bastante más, el buen tiempo suponía una inmensa diferencia e hizo que los 12.5 km caminados ese día nos parecieran pocos.

Al día siguiente tendríamos nuestro primer acercamiento a Kioto.

Para ver más fotos, pinchar aquí.

DÍA 7: KIOTO – TEMPLO RYOAN-JI, TEMPLO KINKAKU-JI (TEMPLO DORADO), CASTILLO DE NIJO, NISHIKI MARKET, BOSQUE ARASHIYAMA (BOSQUE DE BAMBÚ), GION

ÍNDICE DEL VIAJE

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s