DÍA 7: KIOTO – TEMPLO RYOAN-JI, TEMPLO KINKAKU-JI (TEMPLO DORADO), CASTILLO DE NIJO, NISHIKI MARKET, BOSQUE ARASHIYAMA (BOSQUE DE BAMBÚ), GION

13 de Abril de 2017

Hoy era una nuestro primer día en Kioto y parecía que, aunque con frío y algo nuboso a ratos, el tiempo nos respetaría un poco.

Al igual que la mejor manera de moverse en Tokio era el metro, en Kioto lo era el autobús. Por desgracia, no encontré ninguna aplicación buena que nos ayudara como la de Tokyo Subway, así que lo que hice fue imprimirme el plano de autobuses y, sabiendo las paradas en las que tenía que bajarme, ver qué líneas podíamos usar.

Teníamos una parada de bus casi enfrente de nuestra Guesthouse, así que nos subimos allí. De todos modos, la estación de trenes es también estación de autobuses (son contiguas) y desde allí salen todos los autobuses.

Si vais a coger más de dos veces el autobús en un día, os conviene comprar el pase diario que por 500 Yenes (4 €) os permite hacer viajes ilimitados en bus durante todo ese día. En todos lados ponía que se compra en la estación, pero también os lo puede vender el propio conductor del autobús, sobre la marcha.

No todas las paradas tienen marquesina; algunas, como la nuestra, simplemente tienen una señal azul. En esta señal vienen indicadas las horas a las que pasa ese número de autobús. Una vez dentro, es imposible saltarse la parada ya que los carteles te informan de cuales son las próximas, y cuando llegas a ella también lo dice. Además informa del importe a pagar en esa parada (adultos y niños)

En caso de querer pagar en efectivo, debéis saber que se tiene que dar el importe exacto. Para ello, hay una máquina registradora junto al conductor del autobús en la que metes billetes y te devuelve monedas, para que puedas pagar la cantidad justa. Nos resultó curioso que las monedas se echan en una especie de cajón que las cuenta (y no una a una, como en las máquinas normales). También se pueden usar las tarjetas de pago tipo “Suica” o “Pasmo”. A nosotros, con enseñar el pase diario ya nos bastaba.

Pensaba que, yendo a la otra punta de Kioto, el autobús tardaría más, pero como salimos a las 7:00 de la mañana, el autobús iba rápido sin tráfico, y sin apenas paradas. Tomamos el autobús número 50 y tardamos media hora en llegar desde el alojamiento a nuestra parada: Ritsumeikan University. Desde allí tuvimos que andar 10 minutos hasta el Ryoan-ji Temple. Precio: 500 Yenes por persona (4 €).

Estaba cerrado aún cuando llegamos (abría a las 8:00), así que fuimos de los primeros en entrar y pudimos disfrutar de una increíble paz y tranquilidad. Por desgracia, al ser tan temprano el sol estaba muy bajo y no vimos su famoso jardín arrastrillado en todo su esplendor.

Aún así, nada más que por la tranquilidad y silencio del que disfrutamos en el templo, merecía la pena el sol bajo. El inconveniente es que había que descalzarse para entrar y el suelo, a pesar de ser de madera, estaba HELADO.

El templo se veía rápido, así que pasamos a los jardines. Eran igualmente bonitos y tranquilos, mostrando toda su magnificencia con los cerezos en flor.

Tras la visita de media hora, volvimos en busca de la parada de autobús número 58 que nos llevaría al Templo Dorado. Subimos en Ryoan-ji Mae y nos bajamos, tras un trayecto de 5 minutos, en Kinkaku-ji.

Sabía que el Templo Dorado o Kinkaku-ji Temple (400 Yenes por persona, 3.24 €) era el más famoso de Kioto, y también sabía que hay mucha gente siempre para visitarlo. Pero cuando al llegar encontramos una cola de 100 metros para entrar (contados con mi podómetro), me quedé espantada. Toda esa gente fue la misma que entró, cual marabunta, al mirador del templo.

Sí, el templo es muy bonito; pero supongo que por la cantidad de gente, por el pequeño tamaño que tiene… no sé por qué, pero quedé algo desencantada..

Ésta es la “foto postal” del templo.

Y ésta, la realidad que se vive viéndolo. Ojo a algunas cosas curiosas del vídeo. La primera, observad cómo las tres estudiantes japonesas vuelven rápidamente la cara al ver que es un vídeo lo que estoy grabando, y cómo ríen nerviosamente. La segunda, cómo incluso para hacerse fotos, los japoneses mantienen puesta su mascarilla para no contagiar a los demás con sus virus.

Los jardines eran bonitos, pero no especialmente llamativos.

Al terminar los jardines había mil puestecillos donde poder comprar comida, dulces y sake. Daban a probar de todo, así que finalmente siempre acababas comprando algo. En nuestro caso, fueron unas bolas de maíz y cacahuete que estaban de escándalo. Precio: 320 Yenes (2.60 €).

Si hay algo que es el típico souvenir de Kioto es el Yatsuhashi: un dulce hecho con harina de arroz, azúcar y canela. No lo compramos porque ya lo conocíamos (nos lo trajeron unos amigos que estuvieron antes en Japón) y porque te lo daban a probar por todos lados (quisieras o no). Aunque está bueno, su textura gelatinosa se hace extraña al paladar occidental.

Salimos del templo, tras la visita de 50 minutos, y fuimos en busca de la siguiente parada: Kinkaku-ji Michi (en dirección ​al Castillo de Nijo) para coger el autobús número 101. Tras 20 minutos de trayecto, llegamos a nuestro destino.

No era tan agobiante como el Kinkaku-ji Temple, pero igualmente había muchísima gente.

Vimos la puerta típica, imagen del Castillo de Nijo, tras la cual se encuentra la zona visitable.

En el interior no se pueden hacer fotos, pero yo hice alguna de estrangis. Aún así, no pude fotografiar lo que más me llamó la atención: una sala con tigres pintados en las paredes. Menudas buenas posaderas tenían esos bichos… XD

En su interior, se visitan varias salas con paneles pintados a mano muy bonitos. Aunque hay que ir descalzo, han tenido la deferencia de poner una alfombra para que no se te congelen los pies.

Únicamente había una zona sin ellas para que se oyera el crujir de la madera del suelo. Fue hecho así adrede para que se escuchara si entraba de noche algún intruso en la residencia: era una especie de alarma rudimentaria anti-intrusos.

Como curiosidad, éste fue el único edificio que vimos que tenía carteles en español.

La zona de los jardines del castillo era inmensa y más bonita que la del Templo Dorado (Kinkaku-ji Temple).

Pero sin duda, si había algo que hacía a estos jardines mágicos, fueron sus cerezos en flor. ¡No me cansaba de fotografiarlos!

Tras la visita al castillo ya era la hora de comer y quería adentrarme un poco más en el mundo gastronómico japonés, así que fuimos a visitar el Nishiki Market.

Tomamos el autobús en  Nijojo Mae a Shijo Karasuma. Allí nos bajamos y fuimos en busca de su famoso mercado de comida: un inmenso pasillo lleno de puestos bajo un techo de colores.

Me resultaba fascinante ver un  puesto tras otro con alimentos que no sabíamos qué eran ni cómo se comían.

Como buenos andaluces que somos, nos encanta el tapeo, y ésta era la idea con la que íbamos al visitar el Nishiki Market: comer de los puestecillos. La luz era bastante mala en el mercado y os aseguro que las fotos no hacen justicia a lo bueno que estaba todo lo que probamos.

Probamos un pincho de carne de cangrejo, unas gambas a la plancha (pero gambas GORDAS, como dice Miguel: con muslo y contramuslo 😛 ), un pincho de carne de cangrejo, el famoso takoyaki (bolitas de harina y pulpo, de las que me enamoré para siempre), bolitas de queso con sésamo (buenísimas también), un trozo de carne de pato con salsa teriyaki (jugosísimo y sabroso) y un pulpito con un huevo duro en la cabeza (a mí me gustó pero a Miguel no, porque estaba frío). Todo estaba increíble.

Como llevábamos todo el día viendo estudiantes tomando un helado verde, nos decidimos a probarlo. Era helado de matcha (té verde). No estaba mal, pero tampoco nos fascinó.

Con tantos tipos de comida, se nos olvidó apuntar cuánto fue todo, pero cada cosa costaba en torno a 300 – 400 Yenes (2.40 – 3.25 €).

Tras el almuerzo, íbamos a visitar el Bosque de Arashiyama. Nos planteamos la opción de ir en tren, pero el tren de Japan Rail que llegaba hasta allí salía sólo de la estación de Kioto (nos pillaba lejos), y el otro tren que había era una línea privada (de otra compañía) y por tanto había que pagarlo aparte porque no lo cubría nuestro JR Pass; así que decidimos aprovechar nuestro pase ilimitado de bus y usar ese medio de transporte.

Una vez más, nos sorprendimos con la sociedad japonesa: en los asientos de la parada del autobús había cojines para que esperaras cómodamente; un empleado de la empresa de autobuses vino corriendo cuando nos vio un poco despistados para ayudarnos con la línea que teníamos que tomar; y además, dicho empleado también se dedicaba a colocar correctamente a la gente en la fila para esperar el autobús… ¡Sorprendente!

El autobús tardó bastante en llegar (teniendo en cuenta que anteriormente no esperamos a los demás autobuses más de 5 minutos). Salimos de  Shijo-Kawaramachi con destino Arashiyama Tenryu-ji Mae.

El viaje fue ETERNO: casi una hora metidos en un autobús a rebosar de gente. Todos muy correctos, silenciosos y educados, pero eso no mitigaba la sensación de agobio.

Como había mucha gente y la mayoría de ellos eran personas mayores, rápidamente cedimos nuestro asiento; en nuestro caso, a un hombre bastante mayor. Y volvimos a comprobar que los japoneses son tremendamente agradecidos: este hombre, como muestra de agradecimiento, nos dio varios planos útiles sobre Kioto que llevaba encima (restaurantes, autobuses…). Estos japoneses son un encanto. 🙂

Cuando por fin bajamos del bus, después de casi una hora de trayecto, y llegamos al río, me enamoré del precioso atardecer con el sonido del río Katsura, el color dorado y los cerezos en flor.

Íbamos al bosque de bambú, así que, en contra de mi instinto de cruzar el puente en busca de los cerezos, teníamos que tomar la otra dirección.

Poco antes de entrar al bosque de bambú encontré uno de los postres que llevaba tiempo buscando: ¡un Taiyaki auténtico, recién hecho y calentito! Esperaba que estuviera bueno porque es un dulce muy famoso en Japón, y no sólo estaba bueno, ¡ESTABA DE ESCÁNDALO! Tenía por dentro anko (pasta de judías dulces) y una crema blanca no identificada pero riquísima. Calentito, crujiente por fuera, tierno por dentro, dulce… ¡Podría morir comiendo un Taiyaki tras otro!

Por fin llegamos al Bosque de Bambú de Arashiyama. No sabía qué esperar de este lugar, ya que las opiniones eran muy diversas: desde personas a las que no les gustó nada, porque les pareció pequeño y poco espectacular, hasta gente que lo consideraba un sitio imprescindible en la visita a Kioto.

Mi opinión es la misma que con el Templo Dorado: es un lugar muy bonito, pero hay tantísima gente visitándolo que pierde todo su encanto. El pasillo entre el bambú es un río de gente haciendo fotos, posando con palos selfie y trípodes, por lo que acaba siendo más una carrera de obstáculos que un paseo agradable.

Al igual que en Asakusa, había muchas mujeres disfrazadas con kimono, aunque éstos se veían de poca calidad.

Como viene siendo habitual, en el momento que sales de la atracción turística principal, la gente desaparece; esto fue lo que nos sucedió aquí. Una vez abandonado el pasillo entre el bambú, entramos en un Arashiyama diferente: un precioso paseo por la naturaleza, subiendo y bajando escaleras de piedra, con el verde y el silencio alrededor.

Y como regalo por haber ido más allá de lo meramente turístico, disfrutamos de un precioso atardecer sobre el río Katsura.

Volvimos sobre nuestros pasos y pasamos de nuevo por el puesto de los Taiyaki. Y a pesar de que no teníamos nada de hambre, ¡nos comimos otro por si acaso! Por desgracia no los veríamos más en el resto del viaje, así que hicimos bien en aprovechar.

Como el viaje en autobús fue tan pesado, decidimos hacer la vuelta en el tren JR (ya que nos salía gratis con el JR Pass), subiendo en la estación Saga Arashiyama. Hay varios trenes en función de las paradas que hacen; nosotros tomamos el tren rápido, y en menos de 15 minutos ya estábamos en la estación de Kioto.

Desde allí cogimos un autobús que nos llevó a Gion. Las líneas 100 (101-102-103…) son las más directas, ya que sólo paran en los puntos turísticos de Kioto; el problema es que acaban su servicio a las 18:00. Menos mal que uno de esos numerosos empleados japoneses de las líneas de autobús nos dijo que no esperásemos en esa parada porque no iba a pasar ningún autobús más, y nos indicó que tomáramos otra línea, la número 206. Esta línea paraba en todas las paradas, y tardamos media hora en llegar a Gion.

Una vez allí, vimos iluminado el Santuario Yasaka Jinja y decidimos entrar. El color rojo con la iluminación nocturna le daba un aspecto mágico al lugar. Además, los japoneses allí se sientan bajo los cerezos para cenar. Me gustó mucho este santuario.

Después nos acercamos al típico barrio de las Geishas en Gion y volví a sentir vergüenza de los occidentales… Había carteles que pedían que no se sentaran en los escalones para esperar a verlas pasar, ni comieran, ni tocaran o hicieran fotos a las Maikos o Geishas. Pues nada más entrar en la calle, ya había unos chavales sentados, otro tomando helado, y una marabunta flasheando con la cámara a una Maiko que andaba rápido huyendo de ellos.

Aún así, el sitio iluminado de noche es bonito.

Leí que si se está en Gion, hay una calle que es imprescindible visitar por su belleza cuando los cerezos están en flor: Shirakawa-minami Dori. No es una calle que esté vacía, pero sí está alejada de la zona más turística.

Nos dispusimos a coger el autobús de vuelta. De nuevo el número 206 porque, pasada la estación de Kioto, nos podíamos bajar en Nanajo Horikawa, cerca de nuestro alojamiento.

En Tokio no vivimos situaciones agobiantes de grandes cantidades de gente, pero en Kioto en un sólo día tuvimos dos experiencias así. Si en el bus a Arashiyama me pareció que íbamos un poco apretados, el bus de Gion ya fue terrible: no paraba de subir gente y cada vez había menos espacio. Para muestra, un vídeo; quiero que os fijéis en que, además de haber mucha gente, el conductor va hablando todo el tiempo, y cuando no lo hace, suena una locución de fondo.

Otra curiosidad fue que al bajarse del autobús, el conductor le dio las gracias a todos y cada uno de los pasajeros (en Japón, la gente se sube al autobús por la puerta trasera, y se baja por la puerta delantera junto al conductor, pagando al salir). Como la mayoría se bajó en la estación de Kioto, pude grabar cómo mostraba su agradecimiento con un “arigato”, “arigato gozaimasu” o “arigato gozaimashita” a cada uno de los viajeros. Cada una de las formas de dar las gracias implica más o menos formalidad, y va en función de la edad del viajero.

Este viaje tan apretado tuvo sus consecuencias. He de admitir que soy una persona extremadamente delicada: mi piel es fina y mi umbral del dolor muy bajo. He aquí el resultado de ir apretada media hora, supongo que me lo hice con alguna de las barras de los asientos…

En nuestra Guesthouse había carteles con recomendaciones para visitar sitios y restaurantes. Como nos gustó tanto el Okonomiyaki, decidimos ir a probarlo en el sitio que recomendaban.

Sinceramente, a mí no me gustó mucho, comparado con el que nos comimos el día anterior. El mío tenía la verdura con trozos gordos poco hechos, y el de Miguel no era un Okonomiyaki tradicional, sino que llevaba tomate fresco y otros ingredientes.

Cuando pedimos, nos dijeron que se incluía un entrante obligatorio (que te ponían ellos) consistente en un vasito de verdura cruda (y pasándola por la plancha tampoco estaba mucho mejor).

Cuando trajeron el Okonomiyaki de Miguel, la japonesa sólo le repetía “EGG, EGG” y le señalaba el Okonomiyaki para que lo partiera. La verdad es que no entendíamos qué quería decir. Finalmente descubrimos que tenía un huevo en el centro y quería que lo viéramos… De ahí ese aspecto espachurrado de la comida de Miguel. No nos quedamos con el nombre del sitio porque tampoco nos gustó mucho. La cena fueron 2.872 Yenes (23.30 €).

Así dábamos por finalizado otro larguísimo día en Japón en el que, a pesar de tomar muchas veces el autobús, hicimos 16.5 km andando.

Por puro desconocimiento, pensaba que Kioto sería un lugar más tranquilo que Tokio, más estilo pueblo; pero ni muchísimo menos…

Si os gusta el anime, os recomiendo que veáis la serie Unchouten, sobre todo la segunda temporada ya que transcurre en Kioto y podréis ver muchísimos de los monumentos y lugares emblemáticos de allí.

Al día siguiente haríamos otra de las visitas que ansiaba realizar: ¡ver los ciervos de Nara!

Para ver más fotos, pinchar aquí.

DÍA 8: KIOTO – NARA, FUSHIMI INARI

ÍNDICE DEL VIAJE

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