DÍA 8: KIOTO – NARA, FUSHIMI INARI

14 de Abril de 2017

Hoy de nuevo nos acompañaba el buen tiempo y eso me alegraba muchísimo, porque podría disfrutar de los ciervos sin cargar con un paraguas.

Nos levantamos temprano porque a las 8:09 salía nuestro tren a Nara: un tren JR tan puntual y cómodo como los demás. A pesar de ser 1 hora de camino, se nos hizo corto el recorrido ya que aprovechamos para desayunar en nuestro asiento y disfrutar del paisaje.

Nada más llegar, vimos que los ciervos son los grandes protagonistas de este lugar.

Al salir de la estación, había carteles que avisaban que el Parque de Nara estaba a 2 km (media hora andando) y ofrecían la opción, por 210 Yenes (1.70 €), de ir en autobús. Fijaos cómo son los japoneses, que ponían incluso el dibujo de las monedas con las que había que pagar. También estaba la opción de sacar un pase diario para moverse entre los templos en autobús. Nosotros paramos un momento en la oficina de turismo y luego nos fuimos caminando hasta el parque.

El camino era cómodo y sin desnivel. Mientras paseábamos, mirábamos los posibles lugares para comer y nos gustó mucho uno de ellos.

Nuestra primera parada fue el templo Kofuku-ji. Lo encontramos completamente a contraluz. La foto que os comparto la hicimos a la vuelta de la visita de los otros templos, así que podéis dejar éste para el final.

La entrada costaba 300 Yenes (2.40 €), no se pueden hacer fotos en el interior (aunque yo hice un par de ellas de extranjis) y os aseguro que no merece la pena pagar por entrar… es una sala muy pequeña y estrecha (más bien un pasillo) con algunas imágenes de Buda y sus protectores.

Nos dirigimos al siguiente destino (a unos 15 minutos andando).

Al llegar nos recibió una puerta inmensa de madera con dos figuras imponentes. Es una pena que, para protegerlas de las palomas, tengan una malla por delante.

Por fin nos encontramos de frente con el templo más conocido de Nara: Todai-ji.

Conocido no sólo por sus cuernos, sino por su inmenso tamaño, ostenta el récord de la construcción de madera más grande del mundo; y eso que, tras reconstruirlo dos veces por incendios sufridos durante la guerra, el actual es un 33% más pequeño que el original.

En su interior nos recibe el no menos famoso buda gigante Daibutsu: con sus 16 metros de altura, resulta imponente; aunque no está solo, y otras estatuas, no menos grandiosas, le flanquean.

Se puede acceder al recinto de forma gratuita, pero para entrar al templo sí hay que pagar. El precio de la entrada son 500 Yenes (4 €).

Aparte del inmenso buda, hay una atracción más en este templo, y es pasar por la Columna de la Felicidad o la Iluminación (cada cual le llama como quiere). Se dice que si se logra atravesarla, se conseguirá la Felicidad (o la Iluminación). Por desgracia, siento deciros que la Iluminación está reservada únicamente a niños y personas delgadas…

No os voy a negar que tenía mis dudas, pero Miguel me aseguró que yo pasaba de sobra por el agujero y, a pesar de las fotos, es cierto que pasé sin mucha complicación (aparte de la que supone pasar arrastrándose por un agujero). Tenía espacio de sobra y no me sentí agobiada en ningún momento. La única recomendación es que tenéis que pasar las dos manos por delante al entrar; sino, se os quedará un brazo atrás y no podréis avanzar.

Sin embargo, Miguel ni siquiera lo intentó, y es que con las espaldas que tiene, se hubiera quedado encajado nada más entrar… 😛

Abandonamos el templo y nos fuimos en busca de un poco de naturaleza. Hay varios jardines visitables en Nara, pero son carísimos (unos 900 Yenes, 7.30 €). Aún así, hay uno gratuito: Yoshiki-en. Al entrar, la señora de la taquilla te confirma que es gratis, te pregunta la nacionalidad y te da un pequeño plano del lugar.

Nos gustó mucho y nos resultó muy relajante (sobre todo viniendo de la marabunta de gente que había en el templo Todai-ji).

Tras el momento de relax, pusimos rumbo al siguiente destino, pero antes queríamos disfrutar del momento estrella del día: ¡DAR DE COMER A LOS CIERVOS!

Tras ver el capítulo 21 de Lucky Star tenía cierto respeto hacia estos animalitos.

Me encantan los animales, y poder tener tan cerca y alimentar a estos adorables cuadrúpedos ¡fue una experiencia preciosa!

Se pueden comprar en el mismo parque unas obleas que son su comida (hay varios puestos y valen lo mismo en todos: 150 Yenes, 1.20 €). A pesar de que no saben ni huelen a nada (porque las probamos XD ), ellos las reconocen perfectamente y nada más enseñárselas ya las piden con una reverencia.

Yo incluso pregunté a uno de ellos si quería su comida y decía que sí. No se escucha muy bien, pero la “conversación” fue: “¿Quieres esto? ¿Sí? ¿Sí? Bueno…” 😉

Ojo, porque si no les das obleas, se comen cualquier papel que puedas tener a su alcance; lo pudimos comprobar con una pareja que tuvo que luchar por su mapa con un ciervo, y al final se quedaron con medio mapa menos… 😛

Muchos japoneses en realidad les tenían miedo y les tiraban las obleas al suelo (supongo que tenían la imagen de los ciervos que se ve en el capitulo 21 de Lucky Star); pero creedme, no era necesario: son muy cuidadosos comiéndolas. Aunque son bastante mansos, hay algunos ejemplares algo más “brutos”. A Miguel se le puso uno encima, sobre dos patas, para cogerle la galleta que tenía levantada, y un macho intentó morderme cuando quise acercarme a él mientras dormía una siesta. Son buenos, pero aún así hay que ser precavido. Los ciervos no se encuentran delimitados en una zona concreta, sino que están repartidos en libertad por todo el parque.

Tardamos más en llegar a nuestro destino porque nos paramos a darle a comer a los ciervos y porque desde los jardines hasta este templo había 1.7 km. Lo último que vimos en Nara antes de marcharnos (porque hay muchísimos templos) fue el Santuario Kasuga-taisha.

La entrada costaba 500 Yenes (4 €), y fue el templo que más me gustó de los tres que visitamos: el contraste del color naranja intenso casi rojo con los farolillos verdes y dorados me enamoró; no paraba de hacer fotos a todos lados.

Una de las salas es completamente mágica, con farolillos iluminados y rodeados de espejos.

Tras la visita a este templo nos dispusimos a volver porque queríamos almorzar. Estábamos a casi 2 km de la zona de restaurantes, por lo que no llegamos hasta las 14:00, y para entonces ya era muy tarde.

El sitio que nos gustó para comer tenía una cola inmensa y todos los demás sitios estaban igual. De repente, vi un puesto pequeño del que salía un olor que recordaba. ¡Hacían takoyaki! Así que lo vi claro: pedimos 6 bolas por 300 Yenes (2.40 €) para cada uno, y almorzamos eso. Aunque el aspecto no parezca llamativo, es de lo mejor que se puede comer en Japón (aviso que guardan muchísimo el calor y os podéis quemar fácilmente), y aunque parezcan pequeñas, llenan muchísimo.

Aprovechamos que teníamos unas galerías justo enfrente para buscar algo de postre. Para variar, nuestra gula hizo que nos gastáramos más en postres que en comida (1.004 Yenes, 8.10 €). Vimos una cafetería con réplicas de cera en el mostrador y no pudimos más que caer en la tentación… 😛

Lo mío era un dulce de hojaldre con frutos rojos y helado, y lo de Miguel una copa de helado con gelatina de café. Miguel volvió a vivir una situación de estrés como el día del Okonomiyaki y el “egg”,  por no entender a la camarera. Él pidió y yo me senté en la mesa. Como tenían que preparar los postres, le dieron un pequeño aparato. Tardó un poco en entender que ese cacharro era una especie de “busca”; de tal modo que, cuando estuviera preparado su pedido, le avisarían haciéndolo sonar y vibrar, para que acudiera a la barra a recogerlo. En España nos liamos a voces para llamar al cliente y los japoneses, tan silenciosos y organizados ellos, te dan un aparato para llamarte. ¡Me encantan!

En Málaga como mucha fruta habitualmente, y estaba echando muchísimo de menos un poco de ella. En Japón la fruta es muy cara, y una cestita de fresas de menos de medio kilo la veíamos por 1.000 Yenes (8 €); por eso, cuando paseando por Nara de vuelta a la estación vi fresas a 290 Yenes (2.30 €), no me lo pensé y compré una tarrina. Las fresas estaban igual de buenas que toda la comida en Japón, y perfectamente ordenadas y alineadas. 🙂

Tenía pensado salir de Nara más temprano, pero los templos estaban bastante separados entre ellos, nos lo tomamos con calma y al final no cogimos el tren hasta las 15:40. De Nara a Inari había 69 minutos, por lo que no llegamos a Inari hasta las 16:49, ya atardeciendo.

Al igual que otros regalos no los tenía claros, sí sabía que quería comprarles a mi padre y mi cuñado un torii. Para mi padre, como empresario que es, tenía especial significado regalárselo, ya que el origen del torii fue la donación de los hombres de negocios, que iban al templo a pedir prosperidad para sus empresas, y que como ofrenda a cambio de riquezas, donaban una puerta torii.

Cuál fue nuestra sorpresa al observar que muchas tiendas de regalo estaban cerrando ya (sólo eran las 17:00), y la tienda en la que estábamos lo haría a las 17:30. Ante esta situación, compramos primero los regalos y después continuamos la visita. Así que ojo, que allí cierra todo muy temprano.

Tonta de mí, siendo ya por la tarde, pensé que encontraría menos gente… pero no. Al igual que os mostré la realidad detrás del Templo Dorado, ésta es la imagen real de Inari.

Si el bosque de bambú de Arashiyama o el Templo Dorado me resultaron un poco angustiosos, lo de Inari no tenía nombre. En el primer tramo ibas andando en caravana junto a cientos de personas. Según he leído (ya estando de vuelta en España), si vais a las 7 u 8 de la mañana, no hay apenas gente. Es otra opción: ver primero Inari y después Nara.

Gracias a Dios, como suele suceder, según vas ascendiendo (ya que los torii llegan hasta la cumbre de la montaña) va disminuyendo el número de personas.

Como anécdota, encontramos a un hombre argentino muy amable que nos hizo de parapeto, reteniendo un poco a la gente detrás de él para que Miguel pudiera hacerme alguna foto sin estar rodeada de personas. ¡Apoyo hispano! 😛

La mayoría de las personas llegan hasta el primer mirador, donde se disfruta de las vistas de Kioto.

Pero según ascendemos, más solos nos quedamos y menor era la densidad de torii. La subida fue intensa y yo acabé en camiseta de tirantes, del calor que tenía.

Todo el mundo relaciona Inari con la escena inicial de Memorias de una Geisha. Pero yo me acordaba de los originales torii que formaban el pasillo a la Death Room, hogar de Shinigami-sama, de la serie Soul Eater. Aunque éstos no tenían guillotinas en el travesaño, menos mal… XD

Japón no dejaba de recordarme los animes que conocía, y los zorros kitsune de Inari (representados como los guardianes del bosque y las aldeas, además de ser los mensajeros del dios Inari) me recordaban a los zorros de Izumo Kamiki en la serie Blue Exorcist (Ao No Exorcist).

Cuando por fin llegamos a la cumbre, fue toda una decepción. Creo que es la primera vez, en todos los años que llevo haciendo senderismo, que llegamos a una cumbre y no hay vistas… Había muchos pequeños altares de piedra con ofrendas… pero poco más. Lo único que te quedaba era la satisfacción de haber llegado a lo más alto.

En cuanto paramos e hicimos las fotos, comencé a notar el frío y pasé de estar en tirantes a ponerme un jersey y el cortavientos.

La bajada la hicimos en aproximadamente media hora, y descubrimos un Inari desconocido. El efecto de luces y sombras de los torii era mágico, y los templos de la parte baja, tan rojos e iluminados, se veían muy bonitos.

Cuando llegamos por la tarde a Inari, había una calle llena de puestos para comer. Íbamos bajando pensando en cuáles comeríamos, y cuando llegamos a las 7 de la tarde descubrimos que ya estaban recogiendo… Cómo eché de menos los Night Bazaar de Tailandia en ese momento… 😦

Nos subimos al tren regional y en 10 minutos ya estábamos en Kioto. La Torre de Kioto estaba iluminada en azul esa noche.

Tras la segunda frustración del día con la comida (ya que no pudimos comer donde nos gustó en Nara, y ya habían desmantelado todo en Inari), no me apetecía ponerme a buscar dónde comer en Kioto, así que entramos al local de comida rápida más cercano a nuestra Guesthouse: Nakau.

Ya íbamos aprendidos de la experiencia con el  postre de ese día, así que cuando nos dieron el “llamador” en este lugar, ya sabíamos cómo funcionaba.

Me apetecía udon con carne, pero había visto esa especie de San Jacobo en muchos sitios, así que me lo pedí también, ¡jajaja! Ese “San Jacobo” en realidad no lo era ni de lejos: era tofe rebozado; textura rara y sabor dulce, extraño pero bueno. Miguel pidió udon con curry y pollo frito. Todo estaba muy rico. Los cuatro platos costaron 1.410 Yenes (11.40 €). Para terminar con algo dulce, nos compramos un helado en el 7-Eleven y, de paso, unos chubasqueros para el día siguiente, porque amenazaba lluvia.

Tras la cena nos fuimos a la Guesthouse. Habíamos andando casi 20 kilómetros (algunos de ellos subiendo al monte Inari) y nos apetecía un poco de relax. La previsión del día siguiente era mala y tocaba madrugar de nuevo, así que teníamos que estar bien descansados.

Para ver más fotos, pinchar aquí.

DÍA 9: KIOTO – TEMPLO GINKAKU-JI (TEMPLO DE PLATA), CAMINO DE LA FILOSOFÍA, TEMPLO NANZEN-JI, TEMPLO EIKAN-DO, TEMPLO KIYOMIZU-DERA, TEMPLO SANJUSANGEN-DO, GION

ÍNDICE DEL VIAJE

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