DÍA 9: KIOTO – TEMPLO GINKAKU-JI (TEMPLO DE PLATA), CAMINO DE LA FILOSOFÍA, TEMPLO NANZEN-JI, TEMPLO EIKAN-DO, TEMPLO KIYOMIZU-DERA, TEMPLO SANJUSANGEN-DO, GION

15 de Abril de 2017

Era nuestro último día en Kioto y el tiempo no pintaba bien por la mañana.

Nos levantamos muy temprano para aprovechar el día, porque leí en un blog que el templo Ginkaku-ji estaba a una hora y media de la estación de autobuses de Kioto, así que a las 7:15 estábamos esperando el bus. Cuando llegamos, vimos que el número 100, que es el más directo que llevaba hasta allí, no pasaba hasta las 7:40. Como teníamos tiempo de sobra, en vez de comprarle el pase diario de autobús al propio conductor (como hicimos el primer día en Kioto), lo compramos en las máquinas expendedoras de la estación.

No sé si fue porque era sábado y había menos tráfico, porque era muy temprano, o porque la persona que escribió aquel blog era muy exagerada, pero nosotros tardamos menos de una hora en llegar de la estación de autobuses al templo Ginkaku-ji. El precio de la entrada era de 500 Yenes (4 €).

Al igual que nos sucedió en el templo Ryoan-ji, cuando llegamos estaba recién abierto, por lo que pudimos disfrutar de él sin apenas gente y con mucho silencio.

A pesar de ser conocido como el pabellón de plata, no había por ningún lado resto alguno de ese metal, aunque en sus orígenes era la idea que tenían.

Justo al lado del templo había un precioso jardín arrastrillado. Me pareció más bonito que el de Ryoan-ji, y sin embargo nunca nadie habla de él. Además, vimos a un hombre retocándolo cuando estábamos allí.

El templo en sí no tiene nada de especial, pero los jardines son muy bonitos, y poder disfrutarlos con total calma y tranquilidad fue un plus.

En poco más de media hora teníamos visto el recinto.

Os recomiendo pasar por la tienda de souvenirs porque tienen recuerdos de origami preciosos. Miguel me regala siempre una tarjeta por mi cumpleaños, así que le pedí que me comprara una de aquí (sin yo verla) y me la diera para mi cumpleaños del año que viene. No quiso hacerme esperar tanto y decidió dármela por nuestro 3º aniversario de boda. Es preciosa… ^_^

A la salida del templo, la señora gula se impuso de nuevo y caímos en la tentación de probar los Shu Kurimu. Los habíamos visto en varios sitios pero aún no los habíamos probado. Compramos uno de vainilla y otro de cereza (sakura): eran como profiteroles gigantes y estaban muy buenos (sobre todo el de vainilla), pero creo que hubieran estado mejor calientes.

El siguiente destino era el templo Eikan-do. Para llegar allí, recorrimos el conocido como Camino de la Filosofía. En el período Meiji se le conocía como Camino de los Literatos, y posteriormente se le cambió el nombre a Camino de la Filosofía en honor al profesor de Filosofía de la Universidad de Kioto, Kitaro Nishida.

Leí que el camino es muy bonito, pero con los cerezos en flor era ya una maravilla.

Durante el recorrido de aproximadamente dos kilómetros no vimos sólo cerezos, sino también elegantes garzas y adorables detalles como unos osos de peluche pescando.

En dirección a Eikan-do, a la derecha, entramos en una tienda de origami llamada Kaze no Yakata; había auténticas maravillas allí: todo estaba hecho a mano con un detalle y una delicadeza que sorprendía. Pero como todo lo artesanal, era caro y eso me echaba para atrás.

Nosotros siempre compramos pequeñas bolas de nieve de recuerdo en nuestros viajes, pero en Japón fue imposible (o porque no había en las tiendas, o porque eran enormes y feísimas), así que Miguel decidió regalarme este precioso móvil de geishas montadas sobre abanicos voladores, y que tenemos puesto en el salón. Estaba prohibido hacer fotos dentro de la tienda, pero os recomiendo que al menos paséis a ver las preciosidades que tienen.

En unos 45 minutos teníamos recorrido el camino (contando con que no podréis parar de hacer fotos).

La entrada al templo Eikan-do era, para mi sorpresa, más cara que la de Ginkaku-ji: 600 Yenes (4.80 €).

Como en todos los templos, no se permite hacer fotos de su interior. La visita discurre por dentro de las instalaciones, en las que nos cruzamos con varios monjes. Había té para tomar pero estaba horrible, ni os molestéis en probarlo.

Recorrimos las salas con paneles pintados, nada sorprendente, hasta que llegamos al templo. Éste fue el primero de todos los que habíamos visto con pan de oro y pinturas coloridas (si por algo se caracterizan los templos de Japón, es por su sobriedad).

Pudimos presenciar una oración de los monjes cantando. Grabé un vídeo pero salió borroso. Quizás Buda me estaba castigando por no hacer caso a las prohibiciones, pero era una pena no poder compartir lo bonito que era por dentro.

Aviso que, como en todos los templos, hay que quitarse los zapatos para visitar su interior. En este caso, llevad los zapatos con vosotros. La visita finaliza en el templo, y si no lleváis los zapatos (como nos sucedió a nosotros), tendréis que deshacer lo andando para volver a recogerlos y os aseguro que bajar las escaleras del recinto descalzo es muy desagradable: Miguel se clavaba unos rebordes que había en los escalones, porque el pie no le cabía.

En cuanto a la parte exterior del recinto, podéis subir a un pequeño mirador. Las vistas estaban bastante deslucidas por las nubes.

Cuando nos disponíamos a visitar los jardines, el tiempo decidió que se acabó la tregua y nos descargó un chaparrón bastante intenso. Después de Nikko y la terrible experiencia de estar mojado todo el día, la noche anterior nos compramos en el 7-Eleven un par de chubasqueros de cuerpo entero que cubrieran las mochilas. ¡La mejor compra que hemos hecho en Japón! Estábamos bastante ridículos XD pero la mar de secos. Como yo además llevaba la cámara réflex, aparte del chubasquero también tenía que usar el paraguas.

A pesar del chaparrón, los jardines se veían muy bonitos, así que en un día soleado deben ser preciosos.

Bajo una intensa lluvia llegamos al siguiente destino, que se encontraba muy cerca: el templo Nanzen-ji. A pesar de ser más conocido que el Eikan-do, me gustó menos.

En este templo también hay que quitarse los zapatos, pero al menos han tenido la deferencia de poner unas zapatillas de casa que poder usar para no andar descalzo. En su interior tenía habitaciones con paneles pintados y un pequeño altar.

Este templo también tenía otro jardín arrastrillado, pero no poseía jardines tan bonitos como el de Eikan-do o el de Ginkaku-ji.

El siguiente templo a visitar era el de Kiyomizu-dera. Estaba lejos de Nanzen-ji, así que tuvimos que ir en bus. Nos costó encontrar la parada (Higashi Tenno-cho) para coger el autobús número 100, porque no estaba cerca, y nos hubiera sido aún más difícil sin la aplicación Maps Me.

Cuando llegamos a la parada Kiyomizu-michi, salió el sol y pudimos subir la calle que llevaba al templo sin la incomodidad del paraguas. Era una versión algo más amplia de la Takeshita Street de Tokio y con edificios más tradicionales, pero con más gente aún.

Había muchas mujeres disfrazadas con el tradicional kimono, aunque ya había que tener ganas de ir con getas (las sandalias típicas japonesas) subiendo la cuesta que llevaba hasta el templo…

Los edificios que nos recibieron eran de un intenso rojo que me recordaba al templo Kasuga-taisha que vimos en Nara.

Hasta ahora, los templos que habíamos visto durante la mañana estaban más o menos tranquilos, pero Kiyomizu-dera era un hervidero de gente por todos lados. Este templo se conoce como el Templo del Agua Pura, por lo que no es de extrañar que una de las tradiciones más típicas sea beber de su fuente de tres caños, que se alimenta del manantial Otowa no Taki.

Dice la leyenda que cada uno de los chorros en que se divide la fuente tiene unas propiedades distintas: salud, longevidad y éxito en los estudios (aunque no se sabe cuál es cuál). ¡Pero ojo! No se deber ser codicioso, ya que también cuentan que beber de los tres chorros provoca el efecto contrario al deseado. Yo bebí sólo de uno, y espero que no fuera el del éxito en los estudios, porque ya me pillaría un poco tarde… 😛

Había una máquina esterilizadora de rayos ultravioleta para limpiar y desinfectar los cazos con los que se cogía el agua; aún así, yo bebí de mi mano, por si acaso…

Continuamos la visita para ver el templo de frente; por desgracia, como ya venía siendo la tónica habitual en nuestro viaje a Japón, el templo principal estaba en obras y los andamios de madera afeaban muchísimo la típica vista del edificio.

Continuamos dando un paseo por el recinto, comprobando cómo la primavera embellece Japón.

No almorzamos en un sitio que habíamos visto cerca de Nanzen-ji y que me gustó, porque aún era muy temprano, y sin embargo ahora se nos estaba haciendo tarde… Bajamos la calle del templo y comenzamos a buscar dónde comer. Ningún sitio nos gustaba, hasta que encontramos uno en el que ponían Okonomiyaki (Okonomiyaki Kiraku). No desaproveché la oportunidad de volver a disfrutar de una de mis comidas favoritas (junto al takoyaki), con la esperanza de que lo pusieran mejor que en el último sitio que lo probamos.

La comida estaba muy buena en este establecimiento, pero hay que decir que los camareros no eran demasiado amables y que a las 15:00 dijeron que cerraban la cocina y que no se podrían pedir más cosas (nosotros llegamos pasadas las 14:30).

Pedimos Tonpei (una tortilla rellena de cerdo a la plancha) y Okonomiyaki de pollo, mientras veíamos, justo delante de nosotros, al cocinero en la plancha. Precio: 1.300 Yenes (10.50 €).

Tras el almuerzo, pusimos rumbo al siguiente destino. Para ello, tomamos en la parada que teníamos justo enfrente el autobús número 100 y fuimos hasta Hakubutsukan Sanjusangendo-mae; esa parada nos dejaba justo enfrente del templo.

El nombre Sanjusangen-do (literalmente: “33 intervalos”) deriva del número de intervalos entre las columnas de apoyo de la construcción, un método tradicional de medir el tamaño de un edificio.

Dejamos los zapatos en unas estanterías inmensas y entramos a ver el templo, el cual tenía moqueta (muy de agradecer, porque era menos fría que la madera).

En todos los templos ponía que no se podía hacer fotos en su interior, pero en éste los carteles directamente te amenazaban con que, a la salida, te revisarían la cámara y te borrarían las fotos (cosa que al final no fue cierta).

El interior, con sus 1.000 estatuas de Kannon (la diosa de la misericordia), impresiona. Están dispuestas una a una en filas, a lo largo de un pasillo de 120 metros (es el edificio de madera más largo de Japón). No eran exactamente iguales y era divertido buscar las diferencias.

Además de las 1.000 estatuas de Kannon, había otra inmensa figura de Senju Kannon en el centro de la sala. La diosa Senju Kannon tiene 1.000 brazos para ayudar a combatir mejor el sufrimiento (la estatua real posee 42 brazos: los dos regulares, y otros 40 que multiplicados por los 25 planos de la existencia, hacen 1.000).

También había 28 guardianes-deidades. Os invito a entreteneros leyendo quién era cada uno de los guardianes que allí estaban; son leyendas antiquísimas ya que sus nombres provienen del antiguo sánscrito.

Cuando salí, comprendí tan estricta prohibición a las fotos… resulta que vendían postales, y éste era un modo de obligarte a comprarlas; las más baratas costaban 400 Yenes (3.20 €).

Salimos al exterior y pudimos tener una perspectiva completa de lo largo que era el edificio.

El exterior, teniendo en cuenta lo llamativo que era el interior, me supo a poco: un pasillo rojo y un jardín más bien escueto.

Como aún era temprano, pensé en ir a ver el Palacio Imperial de Kioto, pero desde donde estábamos la combinación de autobuses era complicada. Había que pasar por Gion, y cuando llegamos allí, se nubló muchísimo y comenzó de nuevo a caernos una tormenta más que importante. Entre eso, que no estábamos seguros de si había que ir con reserva previa y que tampoco éramos capaces de encontrar la parada de bus que nos llevaba de Gion al Palacio Imperial, desistimos.

Así que, paseando por allí, nos metimos en una tienda que olía genial. ¡Era el paraíso de los caramelos! Nada más entrar nos dieron a probar unos caramelos del Monte Fuji. Había de todas las temáticas imaginables: Hello Kitty, Doraemon, Barrio Sésamo… La tienda se llama Candy Show Time.

Al salir, la lluvia apretaba cada vez más, así que decidimos poner rumbo a nuestra Guesthouse ya que aún nos quedaba más de media hora en autobús, comprar la comida para el día siguiente y dejar la maleta preparada.

Cuando llegó la hora de cenar, la lluvia no cesaba, así que volvimos al local de comida rápida más cercano a nuestra Guesthouse: Nakau.

Yo pedí ese arroz con queso, huevo y pollo que preparan los japoneses y que tanto me gustaba; y Miguel, un plato de udon con tempura de verdura y gambas, y un bol de pollo frito. En total: 1.070 Yenes (8.60 €).

Aunque haga frío o llueva, a Miguel siempre le apetece helado, así que de postre se compró uno muy particular en el 7-Eleven: era un helado normal, pero por fuera se podía coger completamente con la mano porque tenía barquillo recubriéndolo. Costó 140 Yenes (1.10 €), y estaba muy rico.

Al final del día habíamos recorrido más de 17 km. Al día siguiente nos esperaba otro buen madrugón, ya que pondríamos rumbo a los Alpes Japoneses: sería otro de mis días favoritos.

Para ver más fotos, pinchar aquí.

DÍA 10: KIOTO – TAKAYAMA (ALQUILER DE COCHE) – CATARATAS UTSUE, HIDA CAVE, TAKAYAMA

ÍNDICE DEL VIAJE

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