DÍA 10: KIOTO – TAKAYAMA (ALQUILER DE COCHE) – CATARATAS UTSUE, HIDA CAVE, TAKAYAMA

16 de Abril de 2017

El viaje ya estaba finalizando y empezaba a ser consciente de ello, pero hoy me esperaba uno de mis días favoritos.

El día comenzaba muy temprano, aún más de lo esperado. Como comenté en el día 5 del viaje, uno de los billetes de tren nos lo dieron mal, y era precisamente el del día que más justos íbamos de tiempo. Teníamos que tomar el tren en la estación de Kioto a las 6:42, hacer un transbordo en Nagoya y, tras sólo 15 minutos, coger el que nos llevaría a Takayama, a donde llegaríamos a las 10:16. El problema vino cuando la muchacha de la oficina de tickets de Japan Rail, en vez de sentarnos en el tren que salía de Nagoya a las 7:45, nos ubicó en el que salía 45 minutos después… y ya nos hubiera retrasado todo el día. Así que, con lo tempranísimo que salíamos, tuvimos que estar en la estación todavía más temprano para cambiar ese tren. Por suerte, había plazas libres y pudimos hacerlo sin problema.

El viaje de Kioto a Nagoya se nos pasó volando porque íbamos durmiendo. Y de Nagoya a Takayama nos echamos otro sueño, por lo que, a pesar de ser un trayecto muy largo, se nos pasó rápido.

Nada más bajar del tren, pusimos rumbo al rent-a-car que estaba frente a la estación, a pocos metros. En esta ocasión contratamos el coche con Toyota. Al igual que el de Tokio, lo llevábamos reservado desde España. Os aconsejo que lo dejéis reservado desde España, porque cuando llegamos tenían un cartel avisando que ya no tenían vehículos disponibles.

El GPS de este coche únicamente funcionaba con Mapcodes, por lo que finalmente tuve que tirar de la aplicación de móvil Maps Me para llegar a los sitios.

Aunque no era un coche grande, este modelo me encantó: era amplio por dentro, cómodo, y mi puerta se abría y cerraba automáticamente tan sólo pulsando un botón. Tanto me gustó que, durante los días que estuve allí, lo bauticé como mi “Toyi-Toyi”… 😛

Aquí os dejo un vídeo del mecanismo de apertura de la puerta.

Conducir por el área de Gizu era una maravilla. Las carreteras eran amplias, apenas había tráfico y todo el mundo era muy prudente en su conducción.

Según nos subimos al coche, pusimos rumbo a las cataratas Utsue (como la japonesa del rent-a-car que nos atendió entendió el lugar que íbamos a visitar, introdujo ella misma en el GPS el Mapcode correspondiente a las cataratas).

He de admitir que me quedé completamente descolocada al ver que a mediados de abril aún había una capa densa de nieve en esta zona.

Había muy poca información sobre esta ruta y me fue imposible encontrar un track, por lo que nos guiamos por las indicaciones y el GPS.

El lugar ME ENAMORÓ.

A lo largo del recorrido que discurría junto a uno y otro lado del río, fuimos visitando varias cascadas, a cada cual más bonita.

Por desgracia, la nieve acumulada nos impidió acabarla a falta de sólo 200 metros, pero la experiencia fue igualmente increíble.

Os recomiendo ver la entrada: Ruta Cataratas Utsue.

Como no sabíamos cuánto íbamos a tardar en hacer la ruta y allí no había donde almorzar, el día anterior compramos comida. Yo me decanté por un Omuraisu (tortilla rellena de arroz que llenaba una barbaridad) con un poco de pasta, y Miguel se compró un bento con arroz, salchicha, pollo frito, tortilla y col. Para compartir, quisimos probar las “croquetas” japonesas, pero no nos hicieron mucha gracia porque eran demasiado densas. De postre, yo compré un bollo de crema y Miguel una inmensa tarrina de tiramusú (a él le puede la gula más que a mí 😛 ).

Con el estómago lleno, pusimos rumbo al siguiente destino, también relacionado con la naturaleza: Hida Cave.

El camino en coche duró 45 minutos pero no se hizo largo. Al llegar comprobamos que había varios restaurantes para comer, así que si seguís nuestros planes, en vez de llevaros comida, podéis almorzar caliente en los alrededores de la cueva, porque los precios eran razonables.

El aparcamiento era gratuito; dejamos el coche y nos dispusimos a visitar la cueva. El precio de la entrada era bastante caro (1.100 Yenes, 8.90 €). La entrada incluía la visita a un museo y la cueva.

El museo tenía dos plantas y en él había muchísima artesanía japonesa. Lo que más me sorprendió fue los inmensos jarrones que había con mil detalles, y las réplicas, hechas con perlas, de palacios japoneses.

La cueva estaba dividida en tres tramos.

El primer tramo discurría por un camino con pasarelas. Nada más entrar se notaba el descenso de la temperatura.

A lo largo del recorrido pudimos ver bonitas formaciones iluminadas.

El segundo tramo era un túnel de unión entre el primero y el tercero. Es bastante psicodélico, con luces que cambian de color. Ojo las personas altas, porque el techo es más bien bajo y está cubierto de agua condensada por el frío.

El tercer tramo del recorrido era algo más complejo respecto al tipo de suelo, pero más del estilo de una cueva tradicional (sin tantas luces de colores). Vimos formaciones muy originales.

Había salidas al final de cada tramo, por lo que se podía salir en el momento que se deseara.

A la salida de la cueva, había que regresar al coche; el trayecto era de tan sólo 10 minutos. Para ello, han hecho una pasarela cubierta de madera.

Allí vimos caer el agua del río con mucha fuerza y un bloque de hielo que se mantenía pegado a la montaña.

También disfrutamos de un poco de historia religiosa japonesa mediante unas estatuas de piedra de los Siete Dioses de la Fortuna. Mi madre tiene en casa dos de ellos (Fukurokuju y Hotei) y me hizo mucha ilusión verlos.

Ebisu (Dios de la prosperidad y la riqueza en los negocios, representado con caña de pescar), Daikokuten (Dios del comercio, representado con un saco repleto de objetos de valor o con  un mazo mágico de la buena suerte), Jurojin (Dios de la vejez  y la longevidad, se le representa con una larga barba blanca), Benzaiten (Patrona de los artistas, escritores, bailarines, representada con instrumentos, es la única mujer del grupo), Fukurokuju (Dios de la sabiduría, se caracteriza por el tamaño de su rostro, siendo casi tan grande como el tamaño de su cuerpo, y suele ir acompañado de una tortuga, un cuervo o un ciervo), Bishamonten (Dios de la fortuna en la guerra y las batallas, se le representa vestido con una armadura y un casco) y Hotei (Dios de la popularidad y los niños, es representado como un hombre sonriente, calvo y gordo).

Junto a todos ellos había una rana, símbolo de la Suerte. En Japón, a la rana se le dice かえる (kaeru), que se pronuncia igual que la palabra 帰る (kaeru) que significa “Volver, Regresar”. Es una costumbre japonesa hacer juegos de palabras con los kanji que se pronuncian igual, como en este caso かえる y 帰る. Es por eso que algunos japoneses (la mayoría mujeres) tienen dentro del monedero una pequeña ranita かえる para que “el dinero que se gasta, regrese”, es decir, 帰る.

Tras la visita de la cueva, pusimos rumbo a Takayama.

Aparcamos el coche en el Ryokan Asunaro, donde nos alojaríamos esa noche; dejamos las maletas allí y nos dimos un paseo por el pueblo.

Muy cerca del ryokan estaba aún abierto el Templo Hida Kokubun-ji.

Después nos acercamos hasta el puente Nakabashi.

Nada más cruzar el puente, llegamos al casco antiguo de Takayama donde vimos muchas tiendas de sake y artesanía.

Las calles eran amplias y cómodas, y todas las casas eran de madera. En un extremo siempre había una pequeña acequia de agua.

Nos acercamos al templo de Betsuin, el más importante de Takayama, pero ya estaba cerrado, así que lo dejamos para el día siguiente.

Pusimos rumbo a nuestro ryokan porque queríamos disfrutar un poco de la experiencia de estar alojados en estos hoteles tradicionales japoneses. El hall era muy bonito, pero nuestra habitación era perfecta: no le faltaba ni un solo detalle.

El cuarto de baño era de estilo tradicional: tenía el lavabo independiente, al igual que el váter (súper moderno) y la ducha.

Disfrutamos de la habitación y de sentirnos unos auténticos japoneses con nuestros yukata.

A Miguel no le apetecía meterse en un lugar con hombres desnudos, así que se duchó en el baño de la habitación, pero yo aproveché y me bajé al onsen para relajarme. Quería vivir esa experiencia tan japonesa de bañarme en un baño público. Tuve mucha suerte y estaba vacío, por lo que pude hacer algunas fotos. En el dormitorio nos dejaron preparada una cesta con las toallas.

Reglas básicas para usar el onsen: se deja todo dentro de las cestas en el vestidor y se entra totalmente desnudo con una pequeña toalla. Allí te sientas en un taburete y te mojas, te enjabonas y te enjuagas (hay gel de baño, champú y crema suavizante para el pelo). Todo esto estando sentado y no de pie, para no salpicar a los demás. Una vez que ya estás limpio, entras en el agua termal. El agua está bastante caliente; yo la tolero muy bien, pero hay que tener cuidado porque es fácil que os dé una bajada de tensión. Yo soy de tensión baja, así que me salí un par de veces y me duché con agua fría para no marearme con el calor.

Limpitos y relajados, pusimos rumbo al sitio de la cena.

Estando en Takayama era obligatorio probar la carne de ternera de Hida (que compite en calidad con la carne de Kobe). Sabíamos que era cara, pero por una vez queríamos darnos el capricho.

No quería ir a un sitio muy turístico, así que me decidí por un lugar tradicional: Hida Takayama Kyoya.

Os aviso que tenéis que ir a cenar temprano: nosotros fuimos a las 20:30, y a las 21:30 cerraba la cocina. El camarero y dueño era muy amable, y nos chapurreó todo lo que sabía hablar en español.

Había varias calidades de carne: Hida Beef (1.500 Yenes, 12 €), Prime Hida Beef (2.500 Yenes, 20 €), Delux Hida Beef (4.000 Yenes, 32 €). Pedimos las dos de mayor calidad, Prime y Delux, junto con patatas asadas.

Nos pusieron unas brasas y nos hicimos la carne a la plancha. Sin duda, la mejor era la Delux, estaba muy suave y tierna. Aún así, la cantidad era muy poca para el precio que tenía. Nos sentamos en una mesa tradicional, pero aparte del encanto de comer como los japoneses, me resultó bastante incómoda: no sabía si sentarme de lado, sobre los talones, con las piernas cruzadas… todas las posturas me cansaban.

La carne, unas patatas, más la bebida y el postre (una especie de panacota algo insípida) fueron 7.450 Yenes (60 €).

Como el postre nos supo a poco, fuimos al 7-Eleven cercano a comprarnos algo más dulce: un gofre helado relleno de nata y un barquillo con helado de anko (528 Yenes, 4.30 €).

A pesar de que eran poco más de las 21:30 de la noche, todo estaba desierto, las calles muy poco iluminadas y hacía mucho frío; así que, con nuestros 11 kilómetros recorridos ese día, nos volvimos directos al ryokan.

Me preocupaba bastante dormir en un futón. Cuando lo vi en el suelo, con tan poco grosor, la almohada tan baja… temí cómo iba a pasar la noche. Pero he de decir que dormí estupendamente: no sé si porque realmente era cómodo, porque llevaba despierta desde las 5 de la mañana o por la caminata y el senderismo, pero dormí del tirón la noche completa.

A pesar de que estuvo un poco nublado e hizo frío, disfruté muchísimo de este día.

Para ver más fotos, pinchar aquí.

DÍA 11: TAKAYAMA – SHIRAKAWAGO – TOKIO

ÍNDICE DEL VIAJE

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