DÍA 11: TAKAYAMA – SHIRAKAWAGO – TOKIO

17 de Abril de 2017

Hoy era nuestro último día de visita en Japón, ya que al día siguiente temprano tomábamos el vuelo de vuelta a España.

Había dormido de lujo en el futón y la habitación fue muy cómoda, pero los ryokan no tienen persianas, por lo que a partir de las 5:00 de la mañana ya entraba claridad. Yo me desperté a las 6:00 pero Miguel estaba despierto desde mucho antes por la luz.

Desayunamos con calma en la habitación, recogimos todo y avisamos de que nos íbamos. Como nuestro tren no saldría hasta las 3 de la tarde, hablamos con el personal para dejar nuestras maletas y recogerlas más tarde; no nos pusieron ningún problema.

Antes de las 8:00 estábamos saliendo de Takayama en el coche rumbo a Shirakawago.

Después de la experiencia de conducir en Tokio hacía unos días, y conducir también el día anterior por los alrededores de Takayama, Miguel ya era todo un experto conduciendo por la izquierda. 😉

El día anterior no tuvimos que tomar peajes, pero hoy sí. Recordad que si no tenéis tarjeta prepago (ETC), al pasar por el peaje debéis colocaros en los pórticos con el cartel verde (para el pago en efectivo).

A pesar de estar en los alpes japoneses, no disfrutamos nada de las vistas porque casi todo el tiempo circulamos por larguísimos túneles de hasta 11 kilómetros de longitud. El peaje fueron 1.220 Yenes (9.90 €).

Llegamos antes de las 9:00 de la mañana a Shirakawago y la oficina de turismo no estaba abierta aún. El aparcamiento de Shirakawago cuesta 1.000 Yenes (8.10 €), ya está bien cobrado…

Para llegar al pueblo hay que cruzar por un inmenso puente colgante sobre un río con bastante agua. Me pregunto si los carteles que vimos querían decir: “¡LOCO! ¿A DÓNDE VAS CRUZANDO POR EL AGUA?” O algo así… 😛

A pesar de ser un puente ancho con el suelo de cemento,  se movía bastante al pasar…

Había visto muchas fotos de este lugar, y siempre estaba o nevado o muy verde. Por desgracia, fuimos en pleno deshielo, por lo que ni tenía el encanto de la nieve, ni el encanto del verdor: estaba todo seco.

Quiero que os fijéis bien en esta foto del puente, cuando llegamos al pueblo.

El pueblo estaba completamente vacío cuando llegamos. Los puestos cerrados, nadie por las calles… así que pudimos pasear por él tranquilamente.

He de admitir que mis expectativas con este lugar eran demasiado altas, por lo que, como suele suceder, cuando llegué me decepcioné un poco, y no sólo por encontrarlo seco; de este pueblo se han llevado muchas casas a Saiko Iyashi no Sato y a Hida no Sato, por lo que se notaban los huecos. Además, no todo el pueblo es del estilo de casa tradicional de paja, sino que también las hay normales. Digo todo esto, no por desprestigiar el lugar, que es muy bonito y original, sino por dar una imagen fiel de cómo es realmente.

A pesar de todo, las casas de madera y paja nos ofrecían estampas muy bonitas.

Ya que estábamos aquí, no podíamos irnos sin visitar por dentro una de esas casas típicas. La más famosa es Kanda House; la entrada cuesta 300 Yenes (2.40 €).

Al ir tan temprano, tuvimos la suerte de encontrarla vacía. Al llegar te ofrecen un té; estaba bueno, y con el frío que hacía me sentó muy bien. La planta baja es la del hogar. Salas amplias, con mobiliario tradicional y diáfanas, aunque sin faltar una televisión… 😛

La planta baja tenía un fuego encendido. La casa estaba caliente pero también ahumada, y en el poco tiempo que estuvimos allí acabamos con un olor a humo muy intenso.

Tras la visita de la primera planta, por unas escaleras estrechas y empinadas vamos pasando a las siguientes plantas: tres en total.

Salimos de la casa y, como por arte de magia, aparecieron cientos de asiáticos (con aspecto de chinos) por todos lados. Eso afectó a la percepción del pueblo: de un lugar tranquilo y lleno de paz, pasó a ser un hervidero de gente haciendo fotos por todos lados. Incluso el puente por el que llegamos, ése en que os pedí antes que os fijárais, estaba ahora colapsado y daba miedo pasar de nuevo por allí.

Pusimos rumbo al mirador. Para llegar a él hay que subir por una calle bastante empinada, y con calor debe ser bastante agotador.

El cielo medio nublado y el que estuviera todo seco deslucía bastante las vistas del pueblo.

Pero nada que un elegante filtro en blanco y negro no arregle… 😛

Pusimos de nuevo rumbo al pueblo para visitar un par de santuarios que tenía.

Por un lado el Tenryu Shrine (tapado por una lona de plástico).

Y un poco más adelante, Shirakawa Hachiman Shrine.

En el Templo Meiji de Tokio vimos tablas escritas en muchos idiomas; en este caso, las tablas tenían pintadas dibujos de anime. ¡Los japoneses son auténticos artistas!

Tras dos horas y un poco agobiados con tanta gente, decidimos irnos. Cuando estábamos llegando al parking, un olor llegó a mí… ¡¡¡TAKOYAKI!!! Sí… eran las 11:00 de la mañana… no pegaba tomar nada salado… pero… ¡ERAN TAKOYAKI! No sabía si podría probarlos más, así que me dí el capricho. Yo pedí cinco takoyaki, y Miguel un par de alitas y pollo frito.

Nos tocaba hacer el camino de vuelta y pagar otros 1.220 Yenes (9.90 €) de peaje. En menos de una hora estábamos de vuelta en Takayama.

Como nos levantamos más temprano de lo esperado por la claridad del sol en la habitación, también volvimos antes de lo esperado de Shirakawago. Yo pensé en dejar el coche aparcado en el ryokan hasta la hora de la devolución, pero Miguel prefería devolverlo ya y no esperar más. He aquí la siguiente anécdota de algo que JAMÁS pasaría en España: como devolvimos el coche antes de la hora estipulada, nos devolvieron la parte proporcional al tiempo que no lo habíamos usado: 4.104 Yenes (33.30 €). En España, si lo devuelves antes, eso que pierdes… Hasta el último día los japoneses no dejarían de sorprenderme.

Nuestro tren salía a las 15:10, así que contábamos con poco más de dos horas. Una opción hubiera sido ir a Hida no Sato, pero no dejaba de ser igual que Shirakawago o Saiko Iyashi no Sato y costaba 600 Yenes la entrada (4.80 €) más otros 300 Yenes por el parking (2.40 €), así que descarté la idea. Prefería pasar las últimas horas en Takayama, más relajada. Por ello, me decidí a probar otro plan muy japonés: el baño de pies.

Se encontraba a 500 metros de la estación de trenes (en dirección Este).

Fue otra de las cosas impensables en España: un baño público gratuito e híper limpio con agua termal donde relajar los pies. ¡Me encantó la experiencia! Miguel pasó de probarlo, pero os aseguro que el agua caliente en los pies con el aire de lluvia que se estaba levantando fue glorioso.

Con los pies relajados y calentitos, continuamos el paseo. Nos dirigimos a la Casa Gubernamental, pero al llegar vimos que había que pagar 430 Yenes (3.50 €, la verdad es que estaba un poco cansada de pagar por todo) y que las visitas eran guiadas y largas (teniendo que esperar además al siguiente turno), así que desistí de entrar. Además, no leí criticas muy buenas acerca del interior del lugar.

Preferí ver el templo que me quedó sin ver el día anterior: Betsuin Temple. La puerta y el templete exterior eran muy bonitos.

Pero si algo me sorprendió de este templo fue su interior. Me recordaba al santuario de Eikan-do en Kioto. Acostumbrada a templos sobrios, ver pan de oro me llamaba mucho la atención.

Aprovechamos el tiempo que nos quedaba para volver al casco antiguo donde compramos dulces y algo de artesanía para regalar.

Soy una persona con bastantes intolerancias alimentarias, y en Japón estaba encantada porque todo me sentaba bien. Hubo en especial una salsa de la que me enamoré, la que usaban para los okonomiyaki y takoyaki: una salsa barbacoa especial. En pleno casco histórico entramos en una tienda y preguntamos a la señora que lo regentaba qué salsa era (ya que tenían una estantería llena de varios tipos de salsa barbacoa). Una vez más, gracias a la amabilidad japonesa, y a pesar de que no hablaba nada de inglés, logramos comprar justo la que queríamos. Si no hubiera sido por ella, dado que estaba TODO escrito en japonés, seguro que no hubiéramos acertado…

Y como a Miguel le pudo el ansia típica cordobesa con el tema de la comida, al final compramos dos botes de medio kilo… 😛 Costaron 643 Yenes los dos (5.20 €). Por cierto, ¡está buenísima y me sienta genial!

Si hay algo realmente típico de Takayama son las muñecas Sarubobo. Las había por todos lados y por eso no nos sorprendió ver una estatua hecha en piedra de una de ellas.

Son muñecos usualmente rojos, con forma humana, sin características faciales. Tradicionalmente, los sarubobos eran hechos por las abuelas para sus nietos como muñecas, y para sus hijas como talismán para un buen matrimonio y familia. Usualmente no tienen características faciales; la razón se desconoce, pero el motivo se debería seguramente a que se confeccionaban con telas usadas, de modo que no había necesidad de completarlas con detalle.

Se nos agotaban las horas en Japón y aún había comidas que quería probar. En este caso, a pesar de que ya buscábamos sitio para almorzar, compré un Nikuman. Los había visto en puestos callejeros durante todo el viaje, pero nunca paramos a probarlos. Había de dos tipos: rellenos de ternera y de sésamo con pasta de judías dulces. Sinceramente, el relleno negro me echó para atrás, así que fuimos a lo seguro: el de ternera (500 Yenes, 4 €).

La textura era bastante extraña, como una masa de pan crudo (supongo que se debe a que están hechos al vapor, en vez de al horno). El relleno estaba muy bueno pero me sobró masa de bollo. Por cierto, llena muchísimo.

Se nos empezó a echar la hora encima y teníamos que buscar dónde comer. Estábamos en el casco histórico y TODOS los sitios eran de carne de Hida (de la que ya conocíamos el precio). Al final entramos en un lugar en el que a Miguel le gustó uno de los platos de cera: unas lonchas finas de ternera de Hida con arroz. Yo pedí una sopa de miso calentita con cerdo y arroz. El sitio era original por dentro, pero los camareros no eran especialmente amables ni la comida fue demasiado buena para su precio (2.900 Yenes, 23.30 €).

Después de almorzar, nos acercamos al ryokan a por nuestras maletas y luego fuimos directos a la estación. Aunque el día amaneció soleado, poco a poco se fue nublando, y cuando llegamos a la estación empezó a chispear; todo el camino de vuelta en el tren estuvo lloviendo. En este trayecto fue la primera vez (en todo el viaje a Japón) que un revisor nos pidió el billete de tren. Siempre habíamos enseñado en el acceso el JR Pass y no necesitamos sacar nunca los billetes (es decir, la reserva de asientos) ni en la entrada de la estación ni en el propio tren.

La vuelta a Tokio tenía escala. Salimos de de Takayama a las 15:10 y llegamos a Toyama a las 16:30. Allí, nada más bajar del tren, había carteles indicando a quienes enlazaban con el Shinkansen a Tokio cuál era el camino más corto a tomar. ¡Son tan eficientes los japoneses!

Cuando llegamos a Ueno (Tokio) a las 19:15, estaba lloviendo mucho. Volvimos al mismo hotel que al principio del viaje y dejamos las maletas. Nos fuimos temprano a cenar a nuestro restaurante favorito (Za-Watami). Al ser nuestra última comida en Japón, queríamos ir sobre seguro y tomar todo lo que más nos había gustado: Okonomiyaki, Takoyaki, por fin probamos el yakisoba, y un pinchito de pollo riquísimo. De postre fuimos al 7-Eleven a por algunos dulces.

Era nuestra última noche y caí en que ¡no habíamos estado en un karaoke! Fue un plan improvisado, y como suele suceder cuando improviso, no salió bien…

Nos recomendaron uno en el hotel, en la calle enfrente de la estación. Al ver en la puerta que se llamaba “Big Echo”, en inglés, nos confiamos. Debería haberme preocupado cuando el dependiente no hablaba NADA de inglés y el formulario de registro estaba íntegro en japonés también. Tan poco hablaba, que tuvimos que usar el Traductor de Google con él: le hablaba al móvil en japonés y el móvil nos lo traducía al inglés.

Alquilamos una sala para los dos y pedimos dos bebidas (que erróneamente pensé que estaban incluidas en el precio de la sala, porque así pareció habérnoslo indicado el dependiente). Por dentro el lugar era moderno y muy chulo. El problema vino al comprobar que TODO estaba en japonés sin opción alguna de cambiar el idioma…

Seguramente en zonas como Ginza (famosa por sus karaokes) haya alguno en inglés, pero ése no fue nuestro caso. Así que nos encontramos con unas bebidas que, por cierto, sabían a rayos, en una sala con un mando y una pantalla íntegramente en japonés y sin tener ni idea de cómo cambiarlo… Así que pusimos un par de canciones que ni conocíamos, pulsando los botones a lo loco, y como ni siquiera podíamos cantarlas (porque el texto del karaoke salía en caracteres japoneses), nos terminamos marchando de allí…

Habíamos contratado sólo media hora y la broma nos costó 1.812 Yenes (14.60 €). Al salir comprobamos cómo a los ejecutivos de las empresas les encantaba este lugar (y era gente bastante mayor, por cierto).

Frustrada por el desastre, volvimos a la calle. Llovía mucho y hacía viento. Parecía que al final del viaje, Tokio me iba a mostrar de nuevo su lado menos amigable, al igual que el primer día… 😦

A pesar de todo, muy triste porque se acababa el viaje y con más de 14 kilómetros en el cuerpo, nos fuimos a dormir.

Para ver más fotos, pinchar aquí.

DÍA 12: TOKIO – MÁLAGA

ÍNDICE DEL VIAJE

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